Cerro Bayo (2010), de Victoria Galardi. por Gretel Nájera

Cerro Bayo es un lugar privilegiado de la geografía argentina. Ubicado en la codiciada Patagonia, es un centro de esquí bastante exclusivo, en la ciudad de Villa La Angostura, lindera de la más conocida, Bariloche. Este paraíso terrenal es el escenario del film homónimo, una producción que ya tiene unos cuantos años (es del 2010), dirigido por Victoria Galardi y con la impecable fotografía de Julián Ledesma. Es necesario mencionar para el espectador desprevenido que pese a que el turismo llena la pequeña aldea patagónica que alberga al Cerro Bayo, su dinámica es propia de un pueblo, y, cómo dice el vulgo, pueblo chico, infierno grande. 

La trama de esta película se va engarzando de a poco dada su estructura coral, y plantea casi todo el tiempo una especie de misterio que parece develarse y nunca se devela. Por momentos, puede incluso creerse que es un thriller al estilo Kubrick, la elección de la luz para las escenas, los planos que van de abiertos a cortos y la banda de sonido colaboran en este aspecto. Sin embargo, luego de transcurrido cierto tiempo de la trama, comienza a notarse la ironía y el humor negro que le dan la tónica general al film, desestimándose la opción de que todo el tiempo puede suceder algo terrible, propia del suspense clásico.

El film se ubica en la inminencia de la apertura de la temporada de esquí en el Cerro Bayo, evento que ocupa y preocupa a todos los habitantes de la aldea de diferentes maneras. Una familia se prepara para este momento cuando un hecho disruptivo sucede: la abuela Juana (Adela Gleijer) decide suicidarse, sellando la puerta con silvertape y cortando la manguera que lleva el gas de la garrafa a la cocina. En medio de esa situación su hija Marta (Adriana Barraza) llega y logra hospitalizarla, aunque no hay perspectivas de que sobreviva sin daños severos. En este contexto, Lucas (Nahuel Pérez Biscayart), nieto de Juana, ansía irse Andorra y para eso precisa una cantidad de euros difícil de alcanzar, mientras que Inés (Inés Efron), su hermana, quiere ser elegida reina del cerro, pero cree que no lo conseguirá ya que en su cara se nota la tensión de nunca haber tenido un orgasmo. Dada la situación de Juana, su otra hija, Mercedes (Verónica Llinás) llega desde Buenos Aires. En un principio parece que está interesada en develar el misterio del suicidio de su madre, pero luego comienza a entreverse que lo que necesita es dinero para saldar deudas. En este sentido, la especulación y la codicia forman parte de las dinámicas de todos los personajes que se nos presentan. 

La directora construye una especie de retrato de la aparentemente apacible vida de pueblo, a través de intrigas de nueva y vieja data que van quedando en el ambiente. Ninguno de los personajes, podríamos decir que a excepción de Inés, tiene un cierre en sus conflictos abiertos, sin embargo la combinación de sus tentaciones y deseos forma una especie de espíritu superior, motor del relato y del infierno grande que mencionamos al inicio. 

La particularidad de Cerro Bayo no reside tanto en su trama argumental sino en las múltiples capilaridades que la componen, conflictos que se abren sin resolverse, dejando al espectador lleno de preguntas, ¿por qué se intentó suicidar Juana? ¿de qué escapó Mercedes? ¿qué siente en realidad Marta?

Es muy interesante poder tener el lujo como espectadores de ver una obra que no pretende cierres redondos ni respuestas forzadas, sino que indaga en sentimientos y emociones.  

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